El imperialismo, la “fase superior del capitalismo”

Imperialismo es un lema del vocabulario moderno, neologismo relativamente acuñado recientemente, son de las voces comúnmente formadas por el sufijo: ismo, que viene a sumarse al elemento raíz del adjetivo imperial y denotar su valor semántico, para indicar la tendencia de un Estado a expandirse sobre un área geográfica más amplia y ejercer su dominio político, militar y económico.

Ni bien había iniciado el siglo hasta 1920, Lenin señalaba que durante las dos últimas décadas, se la describe como una época de relaciones internacionales inaugurada por la Guerra Hispano-Americana (1898) y la Guerra Anglo-Boer (1899-1902): “en las publicaciones económicas, así como en las políticas del Viejo y del Nuevo Mundo, utilizan cada vez más el concepto de “imperialismo”[1], y citó como ejemplo el libro titulado Imperialismo, que el economista británico J. A. Hobson había publicado en 1902 en Londres y Nueva York.  Queriendo luego indicar la conexión del fenómeno imperialista con sus características económicas fundamentales, Lenin formulará su famosa definición del imperialismo como la “era del dominio del capital financiero y de los monopolios”[2]. “Una etapa específica del desarrollo de la economía mundial capitalista”[3], reiterará Paul M. Sweezy.

No aparece sustancialmente diferente el diagnóstico -del realizado por el jefe bolchevique- sobre el fenómeno del imperialismo efectuado en el mismo período por un miembro del pensamiento contrarrevolucionario, el conde Emmanuel Malynski, quién definía a los imperialismos como “megalomanía nacionalista ingeniosamente valorizado por la rapacidad capitalista”[4].  Convencido defensor de la idea imperial y apasionado apologeta de las construcciones geopolíticas destruidas por la Primera Guerra Mundial y la revolución bolchevique, el aristócrata polaco escribió que: “En la historia contemporánea, al igual que en las dos décadas que la preceden inmediatamente, vamos a ver los nacionalismos de las grandes potencias orientarse decididamente en la dirección del capitalismo y degenerar rápidamente en el imperialismo económico.  Ellas se encontrarán así en un plano inclinado y serán arrastradas por una concatenación de causas y efectos hacia el imperialismo político. De esta manera, al final, el capitalismo internacional habrá conducido a las naciones a la guerra más gigantesca que nunca ha existido”[5]. En la misma línea de Malynski se coloca Julius Evola, cuando denuncia “la falsificación imperialista de la idea imperial”[6] como el producto de ideologías “de tipo nacionalista, materialista y militarista”[7] o de intereses económicos.

Considerado desde un punto de vista puramente histórico, el imperialismo puede ser descrito hoy como la “política de las grandes potencias europeas, que tienden a constituir los imperios coloniales dominando territorios extra europeos y de los cuales extraen materias primas, mano de obra, como también en donde colocar la producción industrial nacional”[8], por lo que su periodo “puede ser más o menos delimitado temporalmente entre 1870 y el estallido de la Primera Guerra Mundial, cuando la repartición colonial se había completado sustancialmente”[9].

Sin embargo, la categoría de “imperialismo” también se ha utilizado en relación a la política ejercida por los Estados Unidos de América en períodos históricos sucesivos a la primera y segunda guerra mundial; lo que no hace más que confirmar que el imperialismo es un típico fenómeno de la época contemporánea, que corresponde a “una etapa específica de la economía mundial capitalista”[10] y asimilable a aquella internacionalización del capitalismo, que culminó en la globalización.

 
Fenomenología del Imperio

En lo que respecta a la categoría de Imperio, no es fácil definirla, dada la gran variedad de realidades históricas que se le atribuyen. Limitándonos a considerar a aquellas que han tomado forma en el Mediterráneo y el Cercano Oriente, se parece poder constatar que la creación del modelo original del ordenamiento imperial se dio en la civilización del antiguo Irán, lo que probablemente tomó del mundo asirio y babilónico la concepción de la monarquía universal. Si dentro de los confines de Persia, la base de esta concepción es la doctrina de la omnipotencia de Ahura-Mazda, el dios creador del cielo y de la tierra, que ha entregado al “Rey de reyes” el señorío sobre diferentes pueblos, en Babilonia y Egipto los reyes aqueménidas hacen referencia a las formas religiosas locales y por lo tanto “asumen el carácter de reyes nacionales de diversos países, manteniendo en cada uno de ellos la figura tradicional del monarca de derecho divino”[11].

El proyecto de monarquía supranacional en el que se inspiró Alejandro es el modelo persa, y se forja, a través de los reinos helenísticos, en el Imperio Romano, que durante más de cuatro siglos garantiza la coexistencia pacífica y la cooperación de una gran comunidad de pueblos. Sus fundamentos concretos son: el ordenamiento jurídico común (que coexiste con una variedad de fuentes jurídicas)[12], la difusión de la lengua latina (junto al griego y las lenguas locales), la defensa militar de las fronteras, el establecimiento de colonias destinadas a convertirse en centros de difusión del  influjo romano en las provincias limítrofes, una moneda común imperial (junto a las monedas provinciales y municipales), una red vial articulada, el desplazamiento de poblaciones.

Luego de la deposición del último emperador de Occidente y el regreso de las insignias imperiales a Constantinopla, el Imperio Romano sigue existiendo por otros mil años en la parte oriental. “Estructura estatal romana, cultura griega y religión cristiana, son las principales fuentes del desarrollo del Imperio Bizantino. (…) El imperio, heterogéneo desde el punto de vista étnico, se mantiene unido por el concepto romano de Estado y su posición en el mundo fue determinada por la idea romana de universalidad. (…) Se forma toda una jerarquía compleja de estados, cuyo vértice es el emperador de Bizancio, emperador romano y jefe de la ecúmene cristiana”[13].
Sin embargo, dos siglos y medio después que Justiniano trató de restaurar el señorío universal reconquistando el Oeste, un rey de los Francos en Roma se ciñe la corona imperial. La solidaridad de las diversas partes del Sacro Imperio Romano -habitado por pueblos celosos de su identidad étnica y cultural- se basa en los lazos de sangre que unen al emperador y a los reyes subordinados a él, además el juramento de fidelidad con que estos gobernantes se vinculan al emperador.  El Imperio Carolingio no sobrevivió más de tres décadas después de su fundador, pero para que renazca a una nueva vida, se necesitó la intervención de una nueva dinastía, aquella de los Otones, y el traslado de la capital desde Aquisgrán a Roma.

Con Federico II de Suabia, el Imperio parece recuperar la dimensión mediterránea. Si el Reino de Alemania es una imagen del Imperio, ya que ofrece el espectáculo de una comunidad de diversas estirpes (Sajones, Francos, Suevos), la vertiente mediterránea del Imperio de Federico presenta un panorama de diferencias aún más profundas: el trilingüismo latino-griego-árabe de la cancillería imperial representa un mosaico de poblaciones de origen latino, griego, lombardo, árabe y bereber, normando, suavo, judío, las cuales además pertenecen a diferentes religiones. Por lo tanto Federico, dice uno de sus biógrafos, “reunía en sí los caracteres de los distintos gobernantes de la tierra, fue el más grande príncipe alemán, el emperador latino, el rey normando, el basileus, el sultán”[14]. Y es este último título el que resalta cuánto hay de específico en su idea imperial: la aspiración para restaurar la unidad de la autoridad espiritual y el poder político.

Posterior a la conquista de Constantinopla por parte de los otomanos, el legado del Imperio Romano es reivindicado por dos nuevas y distintas formaciones imperiales: mientras que “el Imperio Romano griego y cristiano cae para resurgir en la forma de un Imperio Romano turco y musulmano”[15], generando así la “última hipóstasis de Roma”[16], Moscú se prepara para convertirse en la “Tercera Roma”, porque, como escribe Benedicto XVI, “funda su propio patriarcado sobre la base de la idea de una segunda translatio imperii y por lo tanto se presenta como una nueva metamorfosis del Sacrum Imperium[17].

En Europa central y occidental, el Sacro Imperio Romano de la Nación Germánica sufre el efecto del nacimiento de los primeros estados nacionales, pero el curso de los acontecimientos parece cambiar con Charles V, “campeón de aquella vieja idea de Europa que ahora aparece modernísima”[18], cuando el imperio fundado por Carlomagno se libera del aspecto estrechamente germánico que lo había caracterizado desde el siglo XIV al XV y tiende a recuperar su carácter originario supranacional para mantenerlo aún en los siguientes siglos, hasta la caída de la monarquía de los Habsburgo. A lo largo de los siglos XVI y XVII, el Imperio “fue la manifestación histórica de una fuerza centrípeta que tendió a unificar los diferentes reinos en los que la cristiandad se había dividido durante la Edad Media; su capacidad de agregación, de afirmación y luego de resistencia hace imaginar la existencia de posibilidades diferentes para la historia europea que las que se concretaron”[19].

Con la Paz de Presburgo, Francisco II renuncia a la dignidad de Sacro Emperador Romano, ya que las conquistas napoleónicas la han vaciado de la correspondiente sustancia territorial; al mismo tiempo, se le ofrece a Napoleón la posibilidad de recoger la heredad carolingia en un Imperio de nuevo cuño, un conjunto de territorios continentales unidos por la potencia militar francesa y guiados por directos mandatarios del Empereur. Así, incluso miembros de la antigua aristocracia europea estaban dispuestos a ver en él “a un emperador romano -un emperador romano francés, si se quiere, como antes había sido alemán, pero a pesar de todo un emperador, del cual el Papa sería su limosnero, los reyes sus grandes vasallos y los príncipes los vasallos de tales vasallos. Un sistema feudal, en suma, con el vértice de una pirámide que había faltado en la plenitud del Medioevo”[20].

Repensar el Imperio

Desde esta aunque limitada y sintética reseña histórica, que desde Europa podría muy bien ser extendida a otras zonas de la tierra, resulta que el Imperio no es simplemente una gran potencia política-militar que ejerce su control sobre una amplia extensión territorial. Más apropiadamente, el Imperio puede ser definido como “un tipo de unidad política que asocia las etnias, a los pueblos y a diferentes naciones pero emparentadas y mancomunadas por un principio espiritual. Respetuosa de las identidades, está animado por una soberanía que se basa sobre la fidelidad más que sobre un directo control territorial”[21]. Cada manifestación histórica del modelo imperial se ha configurado, de hecho, más allá de su dimensión geográfica y la variedad étnica y confesional de la población correspondiente, como un ordenamiento unitario determinado por un principio superior.

En cuanto a Europa, el Imperio siempre ha sido el corazón ideal y político, el centro de gravedad, hasta que, con la decadencia y luego de la desaparición definitiva de las más recientes formas imperiales, la misma Europa se ha identificado más con Occidente, hasta convertirse en un apéndice de la superpotencia transatlántica y en una de sus cabezas de puente para la conquista de Eurasia.

Pero el unipolarismo estadounidense no es eterno; la transición a un nuevo “nomos de la tierra” articulado en un pluriversum de “grandes espacios” vuelve a entrar en una perspectiva realista, por lo que Europa deberá, antes o después, repensar el modelo del Imperio, el único modelo político de unidad supranacional que se ha desarrollado en el curso de su historia.

 



[1] Vladimir I. Lenin: El imperialismo, fase superior del capitalismo, Guayaquil, 1970, p. 11.

[2] Vladimir I. Lenin: El imperialismo, fase superior del capitalismo, Guayaquil, 1970, p. 81

[3] Paul M. Sweezy, The Theory of Capitalist Development, New York 1968, p. 307

[4] Emmanuel Malynski, Les Eléments de l’Histoire Contemporaine, cap. V, Paris 1928; trad. it. Fedeltà feudale e dignità umana, Padova 1976, p. 85. Dello stesso autore: L’Erreur du Prédestiné, 2 voll., Paris 1925; Le Réveil du Maudit, 2 voll., Paris 1926; Le Triomphe du Réprouvé, 2 voll., Paris 1926; L’Empreinte d’Israël, Paris 1926 (trad. it. Il proletarismo, fase suprema del capitalismo, Padova 1979); La Grande Conspiration Mondiale, Paris 1928; John Bull et l’Oncle Sam, Paris 1928; Le Colosse aux Pieds d’Argile, Paris 1928. La Guerre Occulte, apparsa a Parigi sotto i nomi di Emmanuel Malynski e di Léon de Poncins nel 1936 (due anni prima della morte del Malynski), fu edita varie volte in italiano tra il 1939 (Ulrico Hoepli, Milano) e il 2009 (Edizioni di Ar, Padova); trad. española: La Guerra Oculta, Ediciones Teseo, Buenos Aires, 2001, con introducción de Claudio Mutti.

[5] Emmanuel Malynski, op. cit., ibid.

[6] Julius Evola, L’Inghilterra e la degradazione dell’idea di Impero, “Lo Stato”, a. IX, 7 luglio 1940.

[7] Julius Evola, Universalità imperiale e particolarismo nazionalistico, “La Vita italiana”, a. XIX, n. 217, aprile 1931.

[8] Enrico Squarcina, Glossario di geografia politica e geopolitica, Milano 1997, pp. 81-82.

[9] Enrico Squarcina, Glossario di geografia politica e geopolitica, cit., p. 82.

[10] Paul M. Sweezy, The Theory of Capitalist Development, New York 1968, p. 307.

[11] Pietro de Francisci, Arcana imperii, vol. I, Roma 1970, p. 168.

[12] “Los derechos indígenas sobrevivieron y continuaron aplicándose en las diferentes comunidades que conformaban el Imperio: el derecho “griego” (en realidad, derecho indígena salpicado de derecho griego) en Egipto, derecho de las ciudades griegas en el Mediterráneo oriental, el derecho de tal o cuales tribus en Mauritania o en Arabia, el derecho hebraico (Torá) para los hebreos” (Maurice Sartre, L’empire romain comme modèle, “Commentaire”, primavera de 1992, p. 29).

[13] Georg Ostrogorsky, Storia dell’impero bizantino, Torino 1993, pp. 25-26.

[14] Giulio Cattaneo, Lo specchio del mondo, Milano 1974, p. 137.

[15] Arnold Toynbee, A Study of History, vol. XII, 2a ed., London – New York – Toronto 1948, p. 158.

[16] Nicolae Iorga, The Background of Romanian History, cit. in: Ioan Buga,Calea Regelui, Bucarest 1998, p. 138. Cfr. C. Mutti, Roma ottomana, “Eurasia. Rivista di studi geopolitici”, a. I, n. 1, ott.-dic. 2004, pp. 95-108.

[17] Josef Ratzinger, Europa. I suoi fondamenti oggi e domani, Milano 2004, p. 15.

[18] D. B. Wyndham Lewis, Carlo Quinto, Milano 1964, p. 18.

[19] Franco Cardini y Sergio Valzania, Las raíces perdidas de Europa. De Carlos V a los conflictos mundiales, Editorial Ariel S.A., Barcelona, 2008, p. 20 y 21.

[20] Emmanuel Malynski, La Guerra Oculta, Ediciones Teseo, Buenos Aires, 2001, p. 50.

[21] Louis Sorel, Ordine o disordine mondiale?, in L. Sorel – R. Steuckers – G. Maschke, Idee per una geopolitica europea, Milano 1998, p. 39.

 

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Claudio Mutti
Claudio Mutti, antichista di formazione, ha svolto attività didattica e di ricerca presso lo Studio di Filologia Ugrofinnica dell’Università di Bologna. Successivamente ha insegnato latino e greco nei licei. Ha pubblicato qualche centinaio di articoli in italiano e in altre lingue. Nel 1978 ha fondato le Edizioni all'insegna del Veltro, che hanno in catalogo oltre un centinaio di titoli. Dirige il trimestrale “Eurasia. Rivista di studi geopolitici”. Tra i suoi libri più recenti: A oriente di Roma e di Berlino (2003), Imperium. Epifanie dell’idea di impero (2005), L’unità dell’Eurasia (2008), Gentes. Popoli, territori, miti (2010), Esploratori del continente (2011), A domanda risponde (2013), Democrazia e talassocrazia (2014), Saturnia regna (2015).