Del seminario de “Eurasia” celebrado el 20 de abril en Parma sobre el escenario geopolítico africano y en particular sobre la situación de los últimos dos años en Costa de Marfil, brotan ideas interesantes para el análisis a nivel macro del continente negro y de las neoestrategias occidentales destinadas a mantener el control para una geoestrategia a largo plazo.

Personalmente, he participado del seminario poco aggiornado sobre las dinámicas recientes que han involucrado a la parte subsahariana del continente. Fuera del área mediterránea y, por razones de proximidad respecto al Oriente cercano, mi atención se ha centrado cada vez más en América Latina. Sin embargo, la participación en el seminario en Parma ha significado una importante actualización sobre dinámicas que no son ajenas a la evolución del Nuevo Continente.

Particularmente entre aquello que tuvo lugar hacia fines de los años ’50 e inicios de los ’90 en el continente latinoamericano y la actual desestabilización política en África existe un cierto paralelismo. La injerencia política y económica de los Estados Unidos en detrimento de las soberanías al sur de sus fronteras, nos recuerda lo que hoy está pasando en el continente africano. Las “revueltas árabes” no han sido otra cosa que el resultado de un proyecto destinado a perpetuar el viejo sistema, por lo cual sería más apropiado el nombre de “revoluciones gatopardas”, ya que todo tenía que cambiar para que nada cambie. El motivo de la intervención anglo-francesa se hizo evidente como un intento de hegemonía económica sobre los recursos de la zona, a raíz de lo sucedido en Libia -a pesar de la desorganización y los desacuerdos dentro de la coalición occidental- se intentó un avance a lo largo de la costa sur del Mediterráneo, con una intensificación de los intereses occidentales en la zona sirio-iraní. Desde el punto de vista estratégico, desestabilizar a Siria habría creado un cerco ideal contra Irán; algo así como si los Estados Unidos, teniendo a disposición los favores de México y Colombia, tuviesen la capacidad para adquirir en un modo informal la hegemonía sobre Venezuela y recomenzasen a hacerse escuchar sobre Cuba, que en tal caso se encontraría aislada.

En relación a Europa, los regímenes autoritarios de la costa sur del Mediterráneo resultaban poco “modernos”, por esto la intervención estaba justificada con la necesidad de una adecuación al modelo democrático. No obstante, la democratización tiene el único propósito de modernizar las bases institucionales que sostienen la injerencia política y económica de Occidente. Como un cambio generacional, podríamos decir. La estrategia obviamente ha fallado a medida que se adentraba en el Oriente cercano, donde la conciencia popular es más fuerte y existe un sistema político-institucional enraizado en la historia y en la cultura social. El conflicto tribal no representa un argumento actual como podía serlo en Libia –variable usufructuada por los estrategas occidentales.

En la parte subsahariana el intento, al contrario, parece tener éxito: se explotan a voluntad las divisiones tribales y si es necesario se enfatizan para obtener el objetivo final: controlar la economía con el pretexto de la democracia. Es necesario, sin embargo, dar un paso atrás: la formación de las naciones africanas es un tanto artificial, las fronteras nacionales a menudo son lineales, lo cual revela una repartición hecha sobre el mapa por fuerzas exógenas, las cuales no han considerado mínimamente las peculiaridades tribales y socio-culturales de la zona. Somalia, por ejemplo, ha implosionado a nivel institucional en los últimos años y no se puede prescindir de estos factores al analizar los motivos.

Pero, aquí subsiste una diferencia profunda con cuanto ha sucedido en América Latina. África fue utilizada como un mero almacén del cual tomar los recursos para transportarlos a los mercados o a los sistemas productivos occidentales. Así las cosas, se ha tratado de una ocupación militar sin intensiones de establecer en el lugar asentamiento civiles (excluimos de lo dicho a Sudáfrica). En las Américas, a diferencia, esta modalidad de colonialismo refiere únicamente a la primera etapa del proceso. A continuación se ha optado por un asentamiento civil que según los casos mitigaba con la población autóctona, pero muy a menudo estaba orientada a una radical sustitución (europeos en lugar de los “indios”). Esto ha permitido trasportar, más allá de población europea a tierra americana, los conocimientos tecnológicos necesarios para reducir la brecha socio-económica y política, solo inicial, con el Viejo Continente. En África, a diferencia se ha realizado una mera expoliación de recursos.
¿Qué está impulsando a Francia a adentrarse de nuevo en el continente africano? Y qué está impulsando al resto de Occidente –in primis a los Estados Unidos- a cooperar en esta operación neocolonial?

Francia ya vive un histórico principio de inferioridad en relación a Alemania: fundamentalmente Europa tiene un molde alemán y no lo evidencia solo el modelo bancario europeo: esto se manifiesta en la influencia política que Alemania tienen en la definición de las políticas comunitarias. París por su cuenta no ha logrado nunca ponerse a la par de Berlín y entonces ha buscado escamotear proyectos en los cuales Eliseo pudiese tener un rol principal. El primer intento de Sarkozy fue la “Unión para el Mediterráneo” (2008) intento diplomático para crear un área francesa de influencia económica. Lamentablemente el carisma político alemán y la inestabilidad de la costa meridional mediterránea –demasiado heterogénea para las ambiciones francesas- hicieron naufragar el proyecto, que sobre el papel tenía potencial para crear un estímulo económico importante para toda la zona. Sarkozy tuvo que revisar sus propios planes hegemónicos económicos y políticos y, tal vez estudiando los mecanismos de injerencia política de los Estados Unidos a América del Sur en los años ‘60 y ’70 –fácilmente consultables en los archivos de la CIA- ha iniciado un proceso de “guerra de baja intensidad” en la parte nordsahariana, con el fin de desestabilizar a los regímenes existentes y remodernizarlos a su favor como en Libia. Obviamente el continente africano, dada su extensión, ofrece grandes oportunidades neocoloniales, por lo que se le dio un golpe estratégico al continente a través de la injerencia en Costa de Marfil -pero también en Mali o en Sudán. Aquí no subsiste el concepto de proximidad con Occidente, por eso las dictaduras y las represiones militares están aún “de moda” para restablecer una economía abierta hacia el mercado francés.

Ahora llegamos al papel de los Estados Unidos. El coloso occidental no actúa según una política de bajo perfil como Francia –dirigida a asegurarse el rango de primera de la clase en Europa- sino que mueve propias energías en la región africana en base a dos motivaciones fundamentales:
-Un avance en el escenario para contrarrestar la expansión geoeconómica y geopolítica de nuevos “viejos” actores mundiales como China y Rusia. Para los Estados Unidos no es un hecho de poca importancia haber perdido la posibilidad de “adquirir” la economía siria e iraní y consolidar su propia hegemonía, actualmente deteriorada a causa de la insostenibilidad endógena de su modelo económico. África sigue siendo el continente donde todavía parece posible lograr el consentimiento agitando dólares. Pero los tiempos se acortan y exigen actuar rápido; es necesario prevenir los tiempos de “madurez africana”, que podrían hacer de África refractaria a la penetración occidental.
-Se debe considerar que los Estados Unidos en los últimos años han perdido su relación asimétrica con la mayor parte de América Latina, porque ésta ha alcanzado la “madurez” que necesitaba para establecerse como un jugador en paridad en las relaciones extra regionales y mundiales. La pérdida de la importante contribución de recursos de bajo costo proveniente del sur del continente significa sufrir graves pérdidas económicas y al mismo tiempo encontrar un socio de respeto en la puerta de casa.

Para concluir menciono una reflexión sobre el continente africano, por la cual estoy en deuda con el profesor Boga Sako Gervais. El cierre de la Universidad en Costa de Marfil después del golpe de Estado francés tiene una importancia crucial en cualquier análisis estratégico. El acto revela el temor que, en las nuevas generaciones pueda formarse una conciencia política, nacional y cultural. Buscar obstaculizar el avance cultural en el continente cristaliza el temor a la aparición de la “madurez de africana”. Con respecto a la soberanía de África, no concuerdo sobre la importancia de los lazos económicos con los nuevos actores internacionales (China in primis). Esto podría ser un desarrollo válido para la parte septentrional del continente o para Sudáfrica, pero el resto de las naciones africanas tienen necesidad de encontrar su propio equilibrio endógeno, para después poder prodigar una interacción internacional. Si Costa de Marfil pudiese establecer con éxito su propio orden político libre de toda injerencia exógena, debería, en primerísimo lugar, basar su proyecto en el nacimiento de una conciencia nacional unida al desarrollo económico interno. Actualmente, la expansión de relaciones con actores internacionales “alternativos” a los occidentales esconde aún asimetrías, aunque sean de bajo perfil. La obtención de proyectos de infraestructura a cambio de recursos energéticos implica que en el futuro el uso de la misma infraestructura obligará a la economía nacional a buscar recursos energéticos en otros lugares, activando un círculo desabastecimiento imparable. En definitiva se pone de manifiesto la necesidad, como ocurrió en América Latina, de un movimiento solidario endógeno, dispuesto a afirmar un movimiento geoeconómico impermeable a los intentos de injerencia exógena.

(traduzione di Maximiliano Barreto)


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